Relajada en el tren iba ella, con su mirada perdida en quizás qué fantasías, plasmándolas en su cuaderno, cuidando que no se le escape detalle alguno. Suspira, observa, siente, pero no piensa. No quiere pensar, quiere que todo fluya sin necesidad de hacerlo. Anota palabras sueltas de tal manera que, al releerlas, les encuentra un sentido. Lo que escribe no lo compartirá con nadie, sólo le importa entenderlo a ella.
A la mitad del viaje deja a un lado el lápiz y suspira; estaba comenzando a pensar. Toma su teléfono y comienza a mirarlo impaciente, como si por hacerlo su amante fuese a llamarla, a enviarle un mensaje apasionado o tierno. Pero no, por más que lo observaba nada pasó. Lo guardó y retomó la escritura. Esta vez redacta sus fantasías más sórdidas, esas que siempre ha tenido la esperanza de que se cumplan. Escribe sobre sexo, pasión, mentiras, encuentros fortuitos ... y suena el celular: Un mensaje de su amante. Él es un hombre joven, casado, del que se enamoró de manera platónica. Mantienen un relación vía mensaje de texto, pero ella sueña con que algún día escuchará su voz o tocará su piel nuevamente, tal como aquel día en casa de una amiga en común en la que, luego de una noche de pasión, intercambiaron los teléfonos con la promesa de volver a juntarse. Ahora sólo se conforma con esos mensajes apasionados, los que le dan la inspiración de seguir escribiendo.
Como escritora, ella descargaba toda esa pasión en sus letras. Él, como científico, la descargaba en sus estudios y charlas. Él no lo sabía pero su amante, su eterna seguidora, iba siempre a escucharlo. Se colocaba en el rincón más oculto y oscuro y comenzaba a escribir mientras lo escuchaba. Mientras más escribía él más apasionado se ponía, como si estuviesen haciendo el amor, hasta llegar al orgasmo de las ideas. Cuando eso ocurría y todo el mundo estaba de pie aplaudiendo ella arrancaba, para no matar la magia del momento. Cada vez que pasaba eso su amante miraba hacia todos lados buscando algo. No sabía por qué, tal vez un acto reflejo, tal vez buscando la respuesta a esas emociones que sentía solamente durante las conferencias. Y siempre, después de la conferencia, él le mandaba un mensaje tierno, como sería el momento después del encuentro sexual, ese donde ambos amantes se dedican arrumacos y palabras de amor. Todo eso lo expresaban a través de palabras.
Alguna vez esta chica tuvo una pareja a quien abrazar y sueños con esa persona, pero de golpe desapareció eso, quedando solamente las amistades y perdiendo el don de la palabra, la pasión y las ganas de vivir. Con su amante aprendió a amar cada mensaje, cada palabra ... cada letra. Todo tenía un significado, un olor, con un mensaje podía imaginar sus cuerpos sudados de tanto placer o simplemente imaginarse abrazados. Y, si los mensajes ya no son suficientes para ella, para eso existen el computador o un cuaderno y un lápiz, para dejar fluir los pensamientos y sentimientos sin pensar, para no arruinar el momento.
lunes, 26 de octubre de 2009
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